Teresa de Cartagena. La escritura de la incomprensión y del silencio

Isaac Rilova Pérez

Doctor en Geografía e Historia. UNED


Maravíllanse las gentes de lo que en el tractado escreuí, e yo me maravillo de lo que en la verdad callé" (Admiraçión Operum Dey, 131, 15).


Introducción

La evolución ideológica respecto al mundo femenino tiene en la Edad Media, en líneas generales, dos momentos destacables, uno en torno a los siglos XI y XII y otro a partir de los siglos XIII y XIV. El primero es la época de la lírica trovadoresca y del amor cortés, donde se fomenta el placer de la conversación elegante, la liberalidad y el respeto a la dama. El segundo es el momento de la fundación de los Estudios Generales o Universidades, de la consolidación de la filosofía tomista o escolástica, y del retorno, en consecuencia, a la ideología misógina de Aristóteles. La influencia de los escritos de este pensador y su interpretación medieval por Santo Tomás de Aquino y otros teólogos proporcionaron a la mentalidad intelectual del momento las bases teóricas para aseverar la debilidad de la mujer y su necesario sometimiento al hombre, que se materializó en la separación de hombres y mujeres en los espacios físicos, la división entre la esfera pública y privada, la exaltación del celibato y la opción del claustro, la nueva definición del matrimonio, plenamente sacralizado, monógamo y vitalicio.

Sin embargo, a medida que concluye la Baja Edad Media, se observa un crecido número de mujeres que ejercieron una influencia considerable en lo relativo a la política y a la religiosidad; se asiste a una evolución en el trabajo femenino, en una fase de enormes cambios y rupturas que la época moderna consolidó en parte, abriendo algunos resquicios en la estructura patriarcal masculina.

Durante los últimos años del Medievo, entrando ya en el Renacimiento, hubo un grupo de mujeres pensadoras que formularon una ideología propia que buscaba una lógica distinta a la imperante masculina sobre el sexo femenino. Es lo que se ha dado en llamar la “Querella de las Mujeres”, primer movimiento reivindicativo, más ideológico que práctico, en demanda del reconocimiento del papel de la mujer en el mundo medieval. De estas pensadoras, las más reconocidas en nuestra Península fueron Isabel de Villena y Teresa de Cartagena. A esta última vamos a referirnos.

 

Su vida

Teresa de Cartagena y Saravia nació en Burgos hacia el año 1425 en el seno de una culta familia de judíos conversos. Su abuelo paterno fue Selomó Ha-Leví, prestigioso rabino burgalés convertido al cristianismo hacia el año 1390 y desde entonces apellidado Pablo de Santa María. Don Pablo ocupó el obispado de Cartagena, antes de ser nombrado para la diócesis de Burgos y de ahí tomó esta familia el apellido “Cartagena” con el que aparece en los documentos.

Fue doña Teresa hija de Pedro de Cartagena, tercero de los hijos varones de don Pablo de Santa María. Los otros fueron don Gonzalo, obispo de Sigüenza, y don Alonso, esclarecido obispo de Burgos, que fue, por tanto, tío de Teresa. Precisamente don Alonso le dejó en su testamento, el 6 de julio de 1453, cien florines para su mantenimiento: “A Terese moniali centum florines ad aliquod subsidium sustentaciones” (A Teresa, religiosa, cien florines para alguna ayuda a su sustento).

Tío abuelo de la escritora fue don Álvar García de Santa María, cronista de Juan II, y de todos ellos pudo nuestro personaje haber heredado las inquietudes intelectuales y literarias que se manifiestan en sus escritos. Su madre fue doña María de Saravia, primera esposa de don Pedro, quien fuera enterrada junto a él y su segunda esposa en el convento de San Pablo de Burgos. Fue don Pedro el fundador del mayorazgo de los Cartagena y el impulsor de la construcción del castillo de Olmillos, cuyas obras visitaría con frecuencia, seguramente acompañado de su hija Teresa. Vivían en Burgos en su casa-palacio situada exactamente donde hoy se halla el hotel Norte y Londres, entre la calle de Laín Calvo y la de San Lorenzo.

 

Castillo de Olmillos de Sasamón

Castillo de Olmillos de Sasamón (Burgos). Vista nocturna

 

Habiendo quedado huérfana cuando frisaba los 15 años de edad, fue pronto enviada a estudiar a Salamanca, donde nos cuenta que estudió “pocos años” en ámbitos universitarios no oficiales, y donde ella dice que vivió como una joven ambiciosa y relajada (“pecadora”, dice ella). Hacia 1445 ingresó en el convento franciscano de Santa Clara en Burgos y en 1449 la encontramos en el de Las Huelgas, también en Burgos, donde le acometió una grave enfermedad de la que quedó sorda. Parece ser que las clarisas eran menos comprensivas con las conversas que las cistercienses. A este respecto, en el Bulario de la Universidad de Salamanca (Registra Suplicationum 436, ff. 14v-15 y 145, del Archivo Vaticano) se recogen dos escritos de su tío, el obispo don Alonso de Cartagena, de 3 de abril y de 2 de mayo de 1449, solicitando la dispensa papal para que ella pueda pasar de la Orden Franciscana a la Cisterciense.

 

Sus obras: Arboleda de Enfermos y Admiraçión Operum Dey

Como reacción a la soledad que le provino de esta enfermedad, escribió su primera obra: Arboleda de los enfermos, cuya difusión provocó reacciones hostiles entre algunos intelectuales de la época, incapaces de admitir la competencia de las mujeres para escribir y hacer ciencia. Para rebatirles, Teresa de Cartagena escribió otro tratado: la Admiraçión Operum Dey. Pero vayamos por partes.

 

a) Arboleda de Enfermos

La Arboleda de los enfermos, su primer libro, es un análisis en primera persona del dolor y del rechazo de sí provocados por la enfermedad, hasta dar a esa experiencia terrible un sentido que le permite a la autora seguir amando su persona y seguir viviendo su vida en plenitud.

El punto de partida de su primera obra, “Arboleda de los enfermos”, es un tratado sobre los beneficios espirituales del sufrimiento físico, basado en la propia experiencia de la escritora, es decir, la sordera. Así, pues, teniendo en cuenta esta especial situación personal, el texto es calificado dentro de los escritos de la época y llega hasta nuestros días como una obra de “autoconsolación”. En el momento de escribir la Arboleda de enfermos, Teresa llevaba veinte años con esa discapacidad, tiempo en el cual los libros constituyeron su única fuente de conocimiento, hasta que llegó un momento en el que, en un intento de aliviar la amargura y frustraciones por no poder comunicarse con los demás, empieza a escribir su tratado justificándose de esta manera: “… pues así es que esta tan esquiva e durable soledad apartar de mi no puedo, quiero hacer guerra a la oçiosidat…”; argumento éste que, aparte de llenar el hueco de sus horas vacías, se convertirá en algo más trascendente, tal y como lo experimentará la misma autora.

Su condición no auditiva -explica en su obra-, le concedió el enorme beneficio para su alma de perder contacto con lo mundano y unir su experiencia a los conocimientos adquiridos, de modo que por ello da gracias a Dios y quiere compartir esta gracia con otros enfermos “a fin de que como yo lo conozco lo conozcan todos”. La sordera, “cerró las puertas de mis orejas por donde la muerte entrava al ánima e abrió los ojos del entendimiento e ví e seguí al Salvador”.

Así, pues, la religiosa empieza narrando su salida del mundo temporal y su permanencia en una isla quimérica, que ella denomina la “Oprobium hominum et abiecto plebis” (“oprobio de los hombres y rechazo de la gente”, que es el mundo habitado por los enfermos), en donde no tienen cabida los placeres temporales pero sí los espirituales:

... poblaré mi soledat de arboleda graciosa, so la sombra de la cual pueda descansar mi persona y reciba mi espíritu ayre de salut”.

La obra es, pues, es un tratado consolatorio personal que desarrolla tres núcleos argumentales en su primera parte:

  1. La soledad y el silencio en que se encuentra como óptimo estado para la búsqueda espiritual.

  2. Traducción y glosa de diferentes pasajes escriturarios.

  3. Oposición de los bienes espirituales a los temporales.

DocumentoEn la segunda parte de este tratado realiza un discurso sobre la paciencia, que contiene una investigación etimológica del término y una consideración sobre los grados de la paciencia.



b) Admiración Operum Dey

La difusión pública de la Arboleda, que Teresa de Cartagena dedicó a una “virtuosa señora” que era doña Juana de Mendoza, esposa de Gómez Manrique, corregidor de Toledo, provocó un vendaval de críticas en el mundo culto masculino. Como era de esperar, los eruditos medievales que recibieron y criticaron la obra de Teresa de Cartagena, no la aceptarían debido principalmente a su doble incapacidad: estar sorda y ser mujer.

La autora comienza entonces a contrarrestar esos argumentos apartándose, en primer lugar, de la creencia común que establecía lazos de unión entre los incapacitados y los demonios, afirmando una vez más que ella puede “escuchar” a Dios, pues, de hecho, todo disminuido físico, por su propia debilidad, “era más querido y estaba más cercano a Dios”. Y así como su primer escrito había surgido a manera de “autoconsolación”, el segundo nacería como una clara “autodefensa”, haciendo énfasis en la reivindicación de la capacidad femenina para la erudición.

Aparece de esta manera su segunda obra, la “Admiraçión Operum Dey” o Admiración de las obras de Dios”, que como ya se ha dicho, es una apología de la Arboleda, donde utiliza varios argumentos contra sus detractores, de entre los cuales destacamos:

  1. Si Dios concedió el don de la escritura a los hombres, también se lo ha concedido a las mujeres.

  2. El que las mujeres no hayan escrito tradicionalmente no significa que la escritura femenina sea menos natural.

  3. Por último, afirma que discutir la autoridad de Dios a la hora de distribuir sus bienes es una ofensa contra Él.

 

Es decir, partiendo del hecho de que la escritura es propia de la condición natural de la mujer, la autora se reconoce, como todos los escritores de su época, inspirada por Dios, y, firme en las cualidades de su talento, se asombra de que los hombres se maravillen de que una mujer pueda escribir tratados:

... los prudentes varones se maravillan ... no ser usado en el estado fimíneo este acto de conponer libros e tractados, ca todas las cosas nuevas o non acostumbradas siempre causan admiración; … Que debda tan escusada es dubdar que la muger entienda algund bien e sepa hazer tractados ...

 

Acudiendo a citas bíblicas, Teresa de Cartagena pone de ejemplo cómo una mujer débil como Judith pudo acabar con Holofernes, aunque ella prefiere otras cualidades:

más a mano viene a la henbra ser elocuente que no ser fuerte”, pues “bien podría el Soberano dar industria o entendimiento e graçia a cualquier otra henbra para fazer lo que a otras mugeres, o por ventura algunos del estado varonil no sabrían”.

 

Haciéndose eco de los estereotipos sociales de su época, argumentaba que tanto al hombre como a la mujer, le fueron destinadas tareas propias: “

al hombre, guardar las cosas de afuera e saberse ganar los bienes de fortuna, como el regir e gobernar e defender sus patrias, y a la mujer, con su yndustria e trabajo e obras domésticas e delicadas, dar fuerça e vigor, e sin duda no pequeño sobsidio a los varones.”

 

En este sentido, su obra “Admiración de las obras de Dios”, coincidiría con los argumentos planteados por la doctrina cristiana en fiel seguimiento a la Biblia de que la mujer es inferior al hombre y le debe obediencia y sumisión, pero es aquí precisamente, donde encontramos la originalidad de la propuesta por parte de la religiosa: si Dios hizo a un sexo más fuerte que al otro, no fue para favorecer a una de las partes, e incluso

“…se podría aquí argüir quál es de mayor vigor, el ayudado o el ayudador: ya vedes lo que a esto responde la razón”.

 

En conclusión –afirma Teresa-, si debemos admirarnos, debemos hacerlo ante la grandeza del Señor y de sus obras “que Dios da graciosamente a quien le plaze”, y así debemos actuar si “viéremos que las henbras hazen tratados, e lo [h]aremos alabando los dones de la su santa gracia e divinal largueza”, pues de Él depende dar sabiduría indistintamente a hombre o mujer que se entregue a “saludable e sancto estudio”. Dios –dice Teresa- “enseña o enseñará a qualquier varón o [h]enbra que con amor e reverencia e humildad viniere a su escuela”.

Teresa de Cartagena plantea, en definitiva, de manera abierta, la igualdad entre hombre y mujer, y la posibilidad, incluso, de que ésta supere a su compañero, y haciendo uso de una gran habilidad dialéctica, señala que su intención no es

ofender el estado superior e honorable de los prudentes varones, ni tampoco favorecer al fimíneo más solamente loar la o[m]nipotencia e sabiduría e magnificencia de Dios.”

 

 

Conclusión

Literariamente, los tratados de Teresa de Cartagena no pertenecen a la más alta categoría de la creación literaria, pero en cambio, –afirma Hutton en el estudio que realiza de ambos textos-, son un importante reflejo del pensamiento y una buena muestra de la prosa del siglo XV en Castilla. Nuestra escritora, última prosista castellana del Medievo, figura entre los más destacados nombres de la literatura religiosa del siglo XV, al lado de teóricos como Alfonso Martínez de Toledo, Alonso de Cartagena, Fray Martín de Córdoba, Fray López Fernández Minaya, Jacobo de Benavente o Fray Juan de Alarcón, entre otros.

Pero al mostrarse públicamente como autora original, Teresa de Cartagena tocó la fibra sensible de la cultura de su tiempo de tal forma que algunos de sus contemporáneos le acusaron de plagio cuando escribió su “Arboleda” (“anse maravillado que mujer haga tractados” –reconocía la autora-). Y así como su primer escrito había surgido como una “autoconsolación”, el segundo nacería como una clara “autodefensa”, haciendo énfasis, como apuntábamos en líneas anteriores, en la reivindicación de la capacidad femenina para la erudición.

Al redactar su Admiraçión Operum Dey, fue Teresa la primera mujer en la historia de la Península Ibérica que escribiera en defensa de la mujer a ser literata. Con un lenguaje teológico, en definitiva, plantea temas de actualidad como la capacidad “natural” que se supone a los hombres para escribir y realizar trabajos científicos e intelectuales y, en referencia a ella, de cómo se asombran, no de lo escrito y del contenido de sus obras, sino del hecho que sea una mujer la autora de esas composiciones. Éste es el modo que utiliza Teresa para expresar su proceso de autoconciencia como escritora y de autoafirmación como mujer.

 

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